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Persona-cuerpo, por ROSA GONZÁLBEZ


Moverse como las luces al otro lado del cristal o el fuego en la cocina, o letras en un teclado, moverse, es una forma de reposo. Desplazarse a lo largo del tiempo a través de un cuerpo en reposo es más o menos existir. Pero después vamos de aquí para allá dentro de nuestra cabeza, donde no hay nada más que mulas que giran las aspas de un molino, mientras el aire, ah, el aire y la luz de la tarde se detienen justo ahí donde todo gira. Salir a pasear, entonces, buscar sexo o risa o alcohol, salir a buscar algo que nos sujete, algo que pare el movimiento repetido de las mulas, llegar al final de una vez, después de tanto esfuerzo, buscar el merecido descanso para empezar a vivir. Las mulas hacen de todo, arrastran el peso de su cuerpo sin saber qué es un cuerpo, arrastran todo lo que se les carga, han de ser pesadas para hacer surcos en la tierra llena de piedras y sequía.

Desplazarse es algo muy distinto.

La ligereza de un cuerpo puede envolver el universo entero. Puede deshacer los nudos de la tierra, doblarse hasta tocar los pies de quien todavía está a miles de quilómetros de distancia, en una habitación. Porque el tiempo es el soplo del movimiento de un cuerpo en reposo. Un continuum sin principio ni fin, sin jerarquías ni pasado ni futuro. El tiempo se quedó en una habitación, repitiéndose en su perpetua novedad sin conciencia. ¿Soy o era? ¿No es lo mismo? ¿No soy yo antes de ayer si todavía me desplazo en ese aire donde reposo? El presente es algo relativo y un cuerpo no es un yo.

Por ejemplo, quererse. Enteramente. Con la locura de Nadie que se esconde para que nada acabe, mientras la fuerza del presente arrastra más allá de mapas y de todo límite.

Los límites, en cambio, nos convierten de nuevo en personas. Personas confundidas que tratan de recordar qué es un cuerpo.

El acto de esconderse burla al otro para lograr zafarse de uno mismo - la persona de la que más cuesta escapar-.

No podía usar el verbo, la palabra, porque amar es algo distinto a decir que se ama. Así que callaba y hería y sabía de ese dolor que era una de las hebras del entrecruzamiento, un hilo poco comprensible y sin embargo, tan frecuente. Herir era una respuesta automática que generaba su cuerpo-persona, desde otras heridas. Miedo al abandono, al asco, al cansancio propio y ajeno. Herir era una forma de perpetuar lo inacabado. De hacer posible la existencia del entrecruzamiento. Y las mulas arrastraban su peso y el peso que a duras penas podían cargar. Seguían haciendo surcos, hundiéndose en la tierra. Esperando llegar al final ofrecían su fuerza, todo lo que tenían era su fuerza magnífica de animal.

Había también menosprecio. Incredulidad. No era posible la duda, o la duda también hería en dirección contraria. ¿Cómo creer que no lo supiera? No, ese acto era también insultante, un juego distinto que esperaba una respuesta. Sacar, a fuerza de estirar, las piedras que sujetaban el corazón y, con ello, llevarse detrás los órganos y la vida. Pero sobre todo, la duda era una grieta por donde todo se escapaba. Una mancha en el paraíso que lo volvía impracticable. Que dejaba a dos cuerpos-persona en la nada.

La soledad de un cuerpo-persona en el desierto quiere ser risa en una cabeza sin boca. Reír hasta consumir el silencio y el frío, incluso el tiempo. Acomodarse sobre la arena al resguardo de una roca. Intentarlo. Intentar bailar después y conseguirlo. Cuesta mucho trabajo no contemplar el error. El desierto no existe.

Pero además todo horizonte es indeterminado y lo inacabado forma parte de la perfección. Una perfección contraria a la muerte, a la realización, porque no se cierra sobre sí misma y siempre puede dar más de sí. Lo indeterminado tiene que ver con el movimiento continuo de un cuerpo en reposo. Es en sí mismo y está vivo. Un cuerpo no tiene miedo al límite, al abismo que se abre más allá de uno mismo-persona, pues el entrecruzamiento había ya disuelto toda frontera y se había dejado de creer en eso. Algunos libros relataban esa historia, pero esta historia no la cuenta nadie.

Nadie lo sabía: no era un acto de cobardía alejarse, esconderse, negarse. Ni siquiera era un acto erótico. El reconocimiento es un lenguaje sólo propio de las personas, el estado de entrecruzamiento, en cambio, tenía que ver con los cuerpos, con el son eterno que burla la repetición y el ejercicio de arrastre al que nos encadenamos, sin querer y sin poder evitarlo.

Lo sexual y lo divino son la misma cosa.

Nadie se escondía de las personas.

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Estéticas del pensamiento

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