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  • Xisca Homar

Ser Gay


La moral sexual judeocristiana es un mito. La famosa reclusión de las relaciones sexuales en el interior del matrimonio, que condenaría cualquier conducta sexual no matrimonial o que no llevara a la procreación, es muy anterior al cristianismo. La encontramos en los estoicos, en los pitagóricos, en la civilización egipcia.

El hecho de que en una sociedad se hable de algo no significa que se lo admita, sino que constituye un problema para ese momento y esa geografía. Es decir, que entra en el campo del pensamiento. En determinado momento ciertos comportamientos sexuales se convierten en problema y entran de lleno en el terreno del pensamiento. Hablamos sin parar de la sexualidad.

Si hay una palabra prolífica en nuestro presente es la que lanzamos de manera interminable sobre la sexualidad. Sobre este fenómeno tan denso y tan complejo podría decirse cualquier cosa, pero lo cierto es que elaboramos un discurso codificado hasta sus extremos por rejas conceptuales prefabricadas, que bloquean reflexiones nuevas. Prohibición, ley, represión, son nociones impotentes para analizar el presente de nuestra sexualidad. Hay que salir en busca de nuevos instrumentos de análisis.

Demos un giro completo al marco que nos es familiar para acercarnos a la sexualidad: un mundo grecorromano con una libertad sexual maravillosa que el cristianismo vino a derribar de un solo golpe. Pensamos que el mundo grecolatino era tolerante con la homosexualidad. Pero lo cierto es que los griegos desconocían por completo esta noción y, más allá, esta experiencia. El cristianismo no vino a encerrar ni a reprimir una sexualidad que correteaba a sus anchas, tan poco inventivo también en este terreno, se limitó a un apretón de tuercas.

Y para añadir más escándalo a este giro, no fue hasta el siglo XIX que la homosexualidad entró en el campo de la medicina. No siempre se ha ido al médico para preguntar acerca de la salud del deseo. Fue un acontecimiento complejo, pero un acontecimiento reciente, con fecha de caducidad.

La homosexualidad no es una constante que podamos situar más allá de la historia. No se trata de una categoría antropológica constante a veces reprimida, a veces aceptada. Se trataría quizá de un fenómeno cultural que se transforma en el tiempo, enrollándose o desplegándose sobre un hilo fino: la relación entre individuos del mismo sexo.

Entre la afirmación “soy gay” y la negativa a decirlo en voz alta hay toda una trama de ambigüedades, de acusaciones, de disidencias. Es una afirmación necesaria, porque afirma un derecho, pero a la vez es una jaula, una trampa que te coloca en el compartimento estanco de una etiqueta.

Sólo podemos aceptar “ser gay”, aceptando el reto de no estancarnos nunca en una posición. Aceptando esta expresión como el rótulo de un proceso continuo, nómada, sin fin. Ser gay, “obstinarse en ser gay” como decía Michel Foucault. No se trata de aceptarlo como una fatalidad o de abanderar una esencia fija, sino de crear una manera de vivir. Situándonos en un punto donde las elecciones sexuales entrañen al mismo tiempo innumerables modos de vida. Donde las elecciones sexuales trastoquen la totalidad de nuestra vida.

Ser gay, puede significar el rechazo de los modos de vida propuestos. Se trata de hacer de la elección sexual (de cualquier elección sexual) un motor para cambiar la existencia toda. Estaríamos en las antípodas de esta reconstrucción de esquemas copiados: matrimonios, familias,… esquemas que arrastran la fatiga de haber sido usados tantas veces como armas contra la diferencia.

Es importante la lucha por los derechos, la lucha por la igualdad. Pero todavía es más importante crear un nuevo derecho que permita la libertad de estas relaciones y de otras que están por venir. Crear nuevos modos de vida, que no puedan ser bloqueados por las instituciones.

Nace así cierta cultura como respuesta innovadora y creadora a una determinada etiqueta impuesta. Con los vínculos de amistad correspondientes, con placeres que no son del orden sexual. La noción de amistad, que Bataille no se cansaba de introducir en el pensamiento, debería despertarnos una curiosidad mayor. Puede que tengamos que calibrar nuevamente la importancia de las relaciones de amistad, no sólo como motor de la vida en común, sino como posibilidad de resistencia política. Una historia de la amistad, una filosofía de la amistad está por hacerse.

El “yo” no es nada más allá de un conjunto de rarezas y las rarezas no pueden vivir si no es en libertad.

Tenemos que usar nuestra sexualidad para inventar nuevas posibilidades de vida. Desear un mundo donde estas relaciones sean posibles, incluso si no se tiene el deseo de tener relaciones sexuales con alguien del mismo sexo. Sobre todo si no se tiene ese deseo.

Ser gay, llegar a serlo. Devenir siempre otra.

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Estéticas del pensamiento

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